Aaron Zaritzky & Felipe Benítez Reyes
MISTRANSLATION
 

The Lofty Hendecasyllabist Servando Montes

The entangled threads of fate caused Servando Montes (1904-1937) to suffer a destiny completely different from that predicted for him. The only child of a rich Asturian lumber dealer, he studied in Salamanca, a city which unexpectedly taught him literary sciences and carnal desires as well as adolescent wildness and melancholy, worsened by the poetry of Emilio Carrére and Juan Ramón Jiménez. Orphaned at 23, he inherited his father’s business and said good-bye to Salamanca with a much talked about binge celebrated at his expense at the Mao-Mao. Montes learned commercial accounting and soon married Rosario Martos, a local girl who, after two years of marriage, had to share the poet with Dorita Villalba, the Erotic Goddess, a performer of variety acts. In one such act, she sang of great villainy while her skimpy sequined outfit bounced up and down. (Miguel Villalonga was apparently inspired by Señorita Villalba to create Miss Giacomini). As you can imagine, Dorita was a woman of no little elegance and not much decency, elements which, when united, are famous for the haste with which they drive men to ruin, bitterness, the texts of Kierkegaard, and a dissolute life.

After being ruined and abandoned, as much by his wife as by his lover, he went to Madrid in search of literary fortune. He succeeded in publishing two articles in El Sol (one against Felipe Trigo and another about Tórtola Valencia), made friends with Cansinos-Asséns (Montes is a frequent presence in Novel of a Learned Man), and ended up participating in the favorite diversion of virtually all his contemporaries: speaking poorly of Juan Ramón Jiménez, his former idol, whom he had just replaced in his prayerbook with Thomas Morales, the loud poet from the Canary Islands.

Servando Montes concentrated his literary efforts on writing poems in which each and every line is as lofty as it is memorable. As a consequence, he failed to finish a single poem during his short life—each time he succeeded in conceiving one lofty line, resounding and grand, he struggled to achieve a second that, in his strict opinion, did not pale in comparison to the presumably extraordinary first. His longest known poems contain two and a half hendecasyllablic lines, an achievement which any other poet would find insignificant, but for Servando Montes,the uncompromising craftsman, is nothing short of titanic. José Santos Chocano, in his High Memories, tells us that Montes’s rigorous esthetic aim was the object of much joking among Madrid writers. (Julio Camba wrote: “The young poet Montes will soon publish the totality of his poetic work: one adjective, two prepositions, and a verb. The edition has been postponed because the poet has yet to draft the colophon.”)

At the orders of another poet, Pedro Luis de Gálvez, Servando Montes found himself facing the Parcae, disguised as a firing squad, in Madrid, in July of 1937, leaving unfinished his hearbreaking poem to Dorita Villalba.



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El rotundo endecasilabista Servando Montes

Las madejas del azar se enredaron adecuadamente para que el poeta Servando Montes (1904-1937) padeciera un destino del todo distinto al que cualquiera le hubiese pronosticado. Hijo único de un industrial maderero de Asturias favorecido por la fortuna, realizó estudios en Salamanca, ciudad en la que imprevisiblemente se le revelaron las ciencias de la literatura y de los amores venales, a más de las tarumberías y las melancolías propias de la adolescencia, agravadas aquéllas por los versos de Emilio Carrère y éstas por los de Juan Ramón Jiménez. Huérfano a los 23 años, heredó el negocio paterno, dijo adiós a Salamanca con un sonado jolgorio celebrado a su costa en el Mao-Mao, aprendió las rutinas de la contabilidad mercantil y tomó al poco por esposa a Rosario Martos, señorita del lugar que a los dos años de matrimonio tuvo que compartir poeta con Dorita Villalba, la Diosa Sicalíptica, artista de variedades entre las que se contaba la de entonar cuplés de grande picardía amenizados por los vaivenes de su taparrabos de lentejuelas. (En esta señorita Villalba se inspiró al parecer Miguel Villalonga para crear Miss Giacomini.) Como es de figurar, era Dorita mujer de no poca prestancia y no mucha decencia, circunstancias ambas que, en su reunión, son célebres por la premura con que conducen a los varones a la ruina, a la amargura, a la lectura de Kierkegaard y al calaverismo.

Una vez arruinado y abandonado tanto por su esposa como por su amante, marchó a Madrid en busca de fortuna literaria. Logró publicar dos artículos en El Sol (uno contra Felipe Trigo y otro sobre Tórtola Valencia), se hizo amigo de Cansinos-Asséns (Montes es una presencia asidua en La novela de un literato) y acabó participando en la diversión preferida de casi todos sus contemporáneos: hablar mal de Juan Ramón Jiménez, su antiguo ídolo, a la sazón reemplazado en su devocionario particular por Tomas Morales, el estruendoso poeta insular.

Servando Montes cifró su ambición literaria en escribir poemas en los que todos y cada uno de los versos resultasen tan rotundos como memorables. A consecuencia de ello, no llegó a terminar ni un solo poema en su corta vida, ya que si bien lograba concebir un primer verso rotundo, sonoro e imponente, no era fácil que lograra un segundo verso que, a su estricto parecer, no palideciera ante las presuntas magnificencias del primero. Se conocen poemas suyos de hasta dos endecasílabos y medio, logro éste que en cualquier otro poeta resultaría más bien insignificante, pero que en Servando Montes, el intransigente artífice, no deja de ser una empresa titánica. José Santos Chocano, en sus Memorias arduas, nos cuenta que el severo propósito estético de Servando Montes fue motivo de chufletas entre los escritores madrileños. (Julio Camba llegó a escribir: «EI joven poeta Montes publicará en breve la totalidad de su obra poética: un adjetivo, dos preposiciones y un verbo. La edición se ha retrasado porque el poeta aún no ha redactado el colofón».)

Servando Montes se encontró de frente con la Parca, disfrazada de pelotón de fusilamiento—a las órdenes, por cierto, del también poeta Pedro Luis de Gálvez—, en Madrid, en el mes de julio del año 37, dejando inconcluso su poema de amor desgarrado a Dorita Villalba.

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